llenar las sillas

Creo que el pastoreo de las almas es un llamado de Dios que trae gozo a la vida como pocos. Al mismo tiempo, también creo que es un llamado que trae consigo un profundo dolor al alma, como pocos trabajos pueden hacerlo.

Las Escrituras son claras respecto a las tareas centrales del ministerio pastoral y al propósito de ese llamado:

Hechos 6:4
“Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra”.

Colosenses 1:28
“A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo”.

Si juntamos ambos pasajes, podemos resumir el llamado pastoral de esta manera: Somos llamados a orar y a enseñar las Escrituras con el propósito de presentar a todo hombre perfecto en Cristo.

Por supuesto, estos no son los únicos aspectos del ministerio. También está el llamado a ser ejemplo para el rebaño, a sufrir por causa del evangelio, y a servir con humildad y sacrificio.

El pastorado es un llamado a morir a uno mismo para vivir por el bien de los demás. Es una vocación que sólo puede sostenerse cuando es Dios quien sostiene al hombre que ha sido llamado.

Además, no es un llamado que traerá popularidad a quien desea ser fiel a Dios en el cuidado de las almas conforme a la enseñanza de las Sagradas Escrituras.

El llamado es a pastorear almas, no a llenar sillas.

Tristemente, no todos viven de acuerdo con esta convicción. Estoy convencido de que, si preguntáramos a cualquier hombre que hoy ocupa un rol pastoral si su tarea consiste en alimentar almas o llenar sillas, el 99.9 % respondería que se trata de lo primero.

Sin embargo, después de casi nueve años pastoreando almas, he podido observar que muchos de los que afirman estar enfocados en el cuidado espiritual de las personas parecen estar más interesados en llenar las sillas que en presentar a todo hombre perfecto en Cristo.

Esta realidad es triste y preocupante. En gran medida, explica por qué en muchas iglesias ya no se habla del pecado; y cuando se habla de él, con frecuencia no se confronta ni se corrige. Incluso cuando se intenta corregir, muchas veces se hace de forma superficial, sin ayudar a las personas a dar pasos concretos de arrepentimiento que evidencien una verdadera transformación.

Hace algún tiempo hablé con un “pastor” acerca de la importancia de ayudar a las personas no solo a reconocer su pecado, sino también a dar pasos concretos que reflejen un arrepentimiento genuino. Su respuesta fue:

“Eso es mucho trabajo. Ya lo intenté antes. Lo mejor es esperar a que el Espíritu Santo obre en sus corazones a su tiempo”.

Creo que esta manera de pensar contradice en gran medida la enseñanza de la Palabra de Dios.

Nadie niega que el verdadero arrepentimiento es una obra del Espíritu Santo. Sin Su intervención, nadie puede cambiar verdaderamente. Sin embargo, si estamos hablando de creyentes genuinos, ¿No se supone que el Espíritu Santo ya mora en ellos? Si es así, entonces también poseen el poder para seguir a Cristo y producir fruto digno de arrepentimiento.

Espiritualizar el proceso al punto de decir que las personas simplemente darán fruto “cuando llegue su momento”, aun después de haber reconocido y confesado su pecado, puede convertirse en una excusa para evitar el trabajo pastoral que Dios nos ha encomendado.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Para qué existen los pastores en la iglesia? ¿Solo para orar, enseñar la palabra, y esperar?

Está claro que no somos el Espíritu Santo. No podemos cambiar corazones. Pero sí somos instrumentos de gracia en la vida de las ovejas. Dios nos usa para ayudar, guiar, exhortar y acompañar a aquellos que luchan con el pecado, de manera que, con la obra del Espíritu Santo, puedan dar pasos de fe y arrepentimiento que evidencien Su presencia en sus vidas.

Si no hacemos esto, estamos fallando en la meta de presentar a todo hombre perfecto en Cristo.

El texto de Colosenses no dice que la responsabilidad de presentar a todo hombre perfecto en Cristo recae exclusivamente sobre el Espíritu Santo. El apóstol Pablo se involucra activamente en esa tarea. Esto no disminuye el papel central del Espíritu; al contrario, reconoce que Él es quien produce el cambio. Pero también afirma la responsabilidad humana del pastor de enseñar, corregir, aconsejar y acompañar a las personas en su proceso de santificación.

Por eso Pablo escribe:

2 Timoteo 4:2
“Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende y exhorta con mucha paciencia e instrucción”.

Esta es la postura que revela verdadero amor por las almas. Cualquier enfoque pastoral que ignore la necesidad de acompañar a las ovejas en sus luchas y guiarlas hacia un arrepentimiento bíblico termina alejándose del propósito del ministerio.

Cuando la prioridad deja de ser el cuidado de las almas y se convierte en la conservación de la asistencia, el objetivo ya no es pastorear; es llenar sillas.

Y si la meta fuera simplemente llenar sillas, la tarea sería relativamente sencilla: basta con minimizar la gravedad del pecado, afirmar constantemente las perspectivas personales de cada individuo y asegurar que todas sus preferencias serán complacidas. Muy pronto habría que buscar más sillas o añadir más servicios.

Pero el crecimiento numérico nunca debe convertirse en la medida principal del éxito ministerial.

Mi oración es que Dios guarde a Sus pastores de caer en este error. También oro para ser guardado de él.

Prefiero una iglesia pequeña, donde sobran sillas y siempre haya un lugar vacío, que una iglesia llena de personas que viven engañadas pensando que agradan a Cristo, que están siendo conformadas a Su imagen, cuando en realidad no están cambiando.

Las ovejas necesitan pastores que las amen lo suficiente como para caminar con ellas en el difícil proceso de la transformación. Porque el cambio verdadero rara vez ocurre por accidente. Dios obra poderosamente, pero muchas veces lo hace a través de hombres fieles que están dispuestos a acompañar, exhortar, corregir y enseñar con paciencia.

Al final, la pregunta no es cuántas sillas hemos logrado llenar, sino cuántas almas hemos ayudado a parecerse más a Cristo, esto en ocaciones traera profundo gozo en nuestra vida, cuando veamos el resultado del cambio, pero tambien traerá dolor cuando esto no suceda.