Al finalizar nuestro tiempo de adoración congregacional cada domingo en la iglesia que tengo el privilegio de pastorear, apartamos unos minutos para compartir las oportunidades de servicio que tenemos como iglesia. Deliberadamente las llamamos oportunidades de servicio y no simplemente anuncios, porque queremos que nuestros miembros las vean como una extensión natural de la adoración: oportunidades concretas para poner en práctica las verdades que aprendemos en la Palabra de Dios.
Uno de esos domingos tuve la responsabilidad de compartir estas oportunidades. Entre ellas estaba Super Domingo Vertical en tu Casa, una actividad que realizamos cinco veces al año, el último domingo de ciertos meses, con el propósito de animar a las familias de la iglesia a abrir sus hogares e invitar a otros a compartir una comida, cultivar amistades y practicar la hospitalidad cristiana.
Ese día hice un énfasis particular. Animé a la congregación a no invitar siempre a las mismas personas. Les pedí que buscaran a alguien fuera de su círculo cercano, alguien con quien quizá tuvieran poco en común o apenas conocieran. Los animé a salir de su zona de comodidad.
Recuerdo haber dicho una frase que llamó la atención de varios:
"Busquemos salir de nuestros grupitos, porque a veces los grupitos se convierten más en un cáncer para la iglesia que en una bendición que fomente la unidad."
Reconozco que es una expresión fuerte. Sin embargo, creo que describe una realidad que muchas iglesias enfrentan.
La Biblia nos enseña que el corazón humano es engañoso. Podemos convencernos fácilmente de que estamos promoviendo la unidad simplemente porque convivimos con otros creyentes. Sin embargo, cuando siempre compartimos la mesa con las mismas personas, invitamos únicamente a quienes ya son nuestros amigos y mantenemos relaciones solamente con quienes piensan como nosotros, sin darnos cuenta terminamos segmentando la iglesia.
No necesariamente lo hacemos por maldad. Muchas veces sucede por comodidad.
Invitamos a quienes sabemos que nos entienden, con quienes la conversación fluye naturalmente o incluso a quienes probablemente nos devolverán la invitación en otra ocasión. Poco a poco, sin proponérnoslo, dejamos de ver a la iglesia como una familia completa y comenzamos a vivirla por pequeños círculos.
Ese es el problema de los grupitos.
No porque la amistad sea mala, sino porque el evangelio nos llama a algo mucho más grande que la comodidad.
El mundo funciona creando grupos de afinidad. Las personas buscan a quienes confirman sus gustos, sus opiniones, su estilo de vida o su nivel social. Es natural rodearnos de quienes nos hacen sentir cómodos.
Pero el evangelio siempre nos llama a ir un paso más allá.
Seguir a Cristo implica morir al egoísmo, abandonar el ensimismamiento y abrir espacio en nuestra vida para personas que probablemente nunca hubiéramos escogido de manera natural. Significa practicar una hospitalidad que no espera nada a cambio y amar a quienes no necesariamente comparten nuestros intereses, personalidad o trasfondo.
Jesús mismo nos dio ese ejemplo.
Durante su ministerio convivió con todo tipo de personas. Caminó con pescadores y recaudadores de impuestos, habló con fariseos y pecadores, recibió a ricos y pobres, atendió a niños y ancianos, ministró tanto a judíos como a gentiles. Personas respetadas y personas rechazadas encontraron en Él la misma gracia y la misma verdad.
Jesús nunca limitó su ministerio a un solo grupo demográfico. Para Él, todos compartían la misma necesidad: ser reconciliados con Dios.
Incluso al observar a los doce apóstoles encontramos un grupo sorprendentemente diverso. Había diferentes ocupaciones, personalidades, temperamentos y perspectivas. Difícilmente habrían formado un grupo de amigos por iniciativa propia.
Sin embargo, Jesús los unió bajo una identidad superior: pertenecer a Él.
Ese sigue siendo el modelo para la iglesia.
En Cristo nadie es más importante que otro. Nadie posee mayor valor por su trasfondo, su personalidad, su nivel económico o su antigüedad en la congregación. Todos somos igualmente necesitados de gracia y todos somos igualmente amados por nuestro Señor.
Lamentablemente, con el paso del tiempo muchas iglesias olvidan este principio.
Se forman grupitos que, consciente o inconscientemente, levantan barreras difíciles de cruzar. La cercanía entre unos pocos termina comunicando exclusividad para los demás. Lo que comenzó como una amistad sana puede convertirse en una estructura cerrada donde otros sienten que no pertenecen.
Paradójicamente, un exceso de unidad dentro de un pequeño grupo puede terminar produciendo división en toda la iglesia.
Esto no significa que sea incorrecto tener amigos más cercanos dentro de la congregación. Eso es completamente normal y saludable.
El problema aparece cuando esa cercanía se convierte en un límite para conocer a otros hermanos. Cuando dejamos de ser intencionales en ampliar nuestras relaciones. Cuando siempre buscamos que estén presentes los mismos en cada reunión. Cuando nunca damos el primer paso para acercarnos a alguien diferente.
El evangelio nos llama a una hospitalidad mucho más amplia.
Nos invita a abrir nuestra mesa, nuestro tiempo y nuestro corazón a personas que quizá nunca se acercarían si nosotros no tomáramos la iniciativa.
Puede sonar radical.
Pero en realidad es profundamente bíblico.
La verdadera unidad de la iglesia no ocurre cuando existen pequeños grupos muy unidos. Ocurre cuando toda la iglesia está interconectada, cuando los hermanos se conocen, se sirven, oran unos por otros y encuentran espacios para convivir más allá de sus círculos naturales de amistad.
Quizá ahora haga más sentido aquella frase que compartí durante las oportunidades de servicio:
"A veces los grupitos se convierten más en un cáncer para la iglesia que en una bendición que fomente la unidad."
No porque la amistad sea un problema, sino porque cualquier amistad que se cierre sobre sí misma y deje de abrir espacio para otros termina debilitando aquello que dice fortalecer.
Cuando entendemos esta verdad y la practicamos con un corazón correcto, damos un paso más hacia la madurez del evangelio.
Mi oración es que Dios me ayude a vivir primero aquello que escribo. Que mi deseo por la unidad de la iglesia local sea genuino y constante. Que nunca permita que mi comodidad limite mi hospitalidad. Que mi vida esté siempre abierta para recibir, servir y amar a cualquier hermano que Dios ponga en mi camino.
Solo así podremos reflejar el carácter de Cristo, quien derriba barreras y forma un solo pueblo para la gloria de Dios.